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Tuesday, 25 March 2008

SOFIA


16 th. March '08. Room 1425. A hotel built in communist times. Just Sofia down there.

Monday, 26 November 2007

Tržnica (Mercado) - Kolya II

Kolya había aparcado su viejo coche azul sobre el pavimento, demasiado liso, tanto que casi le hizo resbalar. Mientras anudaba la lona gastada, sus sandalias habían hecho un falso movimiento. Estaba convencido de que habían sido sus malditas sandalias, no sus pies. La mañana en el mercado no le había reportado gran beneficio. Cierto es que comerciar con cebollas no supone un margen comercial óptimo - pensaba - pero ya nadie quiere comprar cubos de zinc. Otra vez era el último en recoger pero no le importaba. Nadie le esperaba en casa. Los gatos del solar ni siquiera eran suyos, ni siquiera se pertenecían a sí mismos, no eran más que criaturas caprichosas de la naturaleza, ¿quién tendría si no, imaginación suficiente para inventar un animal así?. Estos y no otros eran sus pensamientos. Él mismo bostezaba y se estiraba ahora como un gato. Estaba cansado. Se puso de cuclillas y sus meniscos rechinaron en un mohín arcaico. Contempló un instante el segundero de su reloj, giraba en el sentido correcto. Deseando no ser observado se rascó hábil y concienzudamente el trasero y avanzó unos pasos. Volvió a rascarse. El mercado olía mal. Aproximadamente a esa hora siempre entraba en una pequeña crisis. La falta de apetito que le acompañaba durante la mañana le jugaba una mala pasada, y era justo entonces. Medio mareado alternaba mordiscos de una cebolla y un mendrugo de pan.
Apenas he sacado en limpio sesenta kunas pero qué más da. Necesito algo de compañía. Hace mucho que no huelo el perfume de una mujer. Mañana quizá no desayune pero al menos hoy sé que dormiré abrazado, aunque sea un abrazo fingido. No podré comprar el cariño pero si puedo comprar la compañía y Masha ya me conoce. No será como la primera vez, ni como la segunda. Parece que nos conocemos desde siempre. Antes era un desahogo físico, ahora sigue siendo un desahogo, pero espiritual. No es que el placer se haya sublimado, más bien es que la soledad siempre estuvo allí, agazapada, y por fin le veo la cara. Ya no la temo porque la conozco. Iré a compartirla con ella. Qué se puede hacer en una ciudad portuaria donde las calles huelen descaradamente a pescado. Libertad es no tener que elegir así que soy libre, no elegí estar solo. No lo seré esta tarde hasta que el vaho de Masha consiga calentarme por unos instantes. Porque tengo elección y no sé alejarme. Me acerco al puerto y observo el mar. Eso me preocupa, sentir la libertad al masticar burek sabiendo que no hay nada más y, sin haber amanecido aún, arrancar este viejo diesel corroído por el salitre.
Una ráfaga de brisa estival refrescaba su cara tostada y enjuta. El paseo marítimo no lo conduciría a ningún sitio en particular. Se dejaba llevar por sus sandalias, imperceptiblemente, como la resaca del agua le hubiera llevado mar adentro, lejos de la costa del Adriático. El fluir de las corrientes cálidas, las imágenes poéticas que recrea el elemento líquido, sin ser consciente, le sosegaban. Todo lo que tiene de femenino y maternal el agua, esa palabra tan rica e insípida al mismo tiempo puede tenerlo de violento. Y, sin embargo, ahí estaban, el agua y sus sueños desvanecidos, las aguas y el olvido. Definitivamente se había olvidado de sí mismo. Si una orquesta tocara una sinfonía y nadie estuviera allí para oírla, ¿sonaría?. Kolya era una canción que nadie bailaba y no por ser triste, porque la tristeza conmueve y Kolya no movía el ánimo. Kolya era una canción que no sonaba nunca, o mejor dicho, que nunca fue cantada.


Saturday, 24 November 2007

AUSCHWITZ I


4:23 pm. El té verde con hierbabuena humea y de fondo se escucha a Richard Galliano. Has leído el Babelia el sábado pasado, Tony? - pregunto -. No, el rato que tuve lo dediqué al Viajero - me dice - Es que me han recomendado la primera novela de Jonathan Little, "Las Benévolas", una epopeya del horror nazi. Por lo visto ha sido galardonada con el premio Goncourt. Según mi compañero de filosofía es una maravilla - añado -. En ese momento Tony se aleja hacia las mesas para servir dos cafés con leche. Cuando vuelve dice: Rehuyo un poco de todo lo relacionado con esa temática; demasiadas películas, demasiadas lecturas. Cada uno cuenta lo que le parece, no crees?. En eso Tony tiene razón. Por lo menos, cuando leí la trilogía de Gironella, o "Por quién doblan las campanas" podía cotejar la ficción con lo que me contaban mis abuelos. Tenía algo más de perspectiva.
El café está bastante tranquilo a esas horas, así que aprovecho la coyuntura y converso a mis anchas. Me ha llamado la atención la obsesión de W y su lectura compulsiva de todo lo relacionado con el Holocausto. Por mi parte he leído unas cuantas cosas y últimamente, además de la citada "Las Benévolas", he adquirido la reedición de Vida y Destino de Vasili Grossman que tanto tiempo ha estado descatalogada. Incluso tengo por ahí pendiente "Sin Destino" de Imre Kertesz y algunas obras de Primo Levi. Con calma Tony deja la bandeja y se enciende un cigarrillo. Me mira. Ah sí, te decía - mientras bebo algo de té - que le pregunté a W acerca de su "obsesión". Me comentó que el Holocausto también fue el aniquilamiento de la filosofía. Es incapaz de entender que un pueblo de tan tamaña tradición filosófica llegara a semejante barbarie.
Me gusta mucho Eric Fromm - me confiesa -. No sé muy bien por qué, como en un acto telepático, me acuerdo del capítulo "Psicoanálisis del nazismo" del libro "Miedo a la Libertad", que leí hace quince años y que apenas recuerdo. Por suerte el camarero me refresca la memoria: Fromm sostiene la tesis según la cual el caldo de cultivo en Alemania era el propicio para la ascensión del nazismo y la subida al poder de un dictador como Hitler, pero que podría haber ocurrido en cualquier otra sociedad occidental con circunstancias sociales, económicas y políticas parecidas. Vamos, que el hecho de que fuera Alemania no es relevante ni mucho menos inherente al nazismo - me dice-.
Mientras tanto ha llegado mucha gente y tenemos que interrumpir la conversación. Pago religiosamente mi consumición y vuelvo a casa.

* * *

Viendo la buena acogida que han tenido las escasas entradas que he publicado de carácter personal, he decidido que me prodigaré más al respecto. No tengo queja alguna de mis pocos pero fieles lectores que incluso han leído pacientemente escritos sobre hermeneútica, fundamentos de las matemáticas, filosofía del lenguaje o música que probablemente sólo son del interés del que escribe. He de reconocer, empero, que sin duda a veces peco de esotérico o incluso de pedante. Como les comentaba en "La lucha contra el demonio" mis intereses son quizá demasiados, y va contra mi ser, mi propia esencia, regentar una bitácora monográfica. Disfruto lo mismo escribiendo un relato corto que una diatriba, hablando de free jazz o música industrial que comparando a Kaurismaki con Kubrick. De tanto en tanto me dejo llevar y soy más exotérico, pero me complace también dar simples pinceladas, cansado o deformado profesionalmente por tanta explicación diaria que el "cumplimiento de mi deber me exige", y dejo que el lector indage o saque sus propias conclusiones como en ese mini-relato titulado Absence. Los ánimos de Aura, de Achiperre, de Marisabidilla y de Little Star me empujan a contarles más de mí. Con el post de hoy inauguro una sección que dedicaré a parte de mis viajes.
Esa conversación con Tony, ese extrañamiento que experimenté en el "Bunker" departiendo con W, el filósofo, me inspiran la entrada de hoy, dedicada a un viaje de adolescencia que me marcó y que, pensándolo con frialdad, ha hecho que parte de mi inquietud se conforme en torno al "Este". La etiqueta "Ostbanhoff" toma su nombre de la estación de tren situada en Berlín Este, de donde parten los trenes hacia Varsovia. Bajo esa denominación incluyo todo aquello relacionado con el Este, que tanta fascinación me sigue suscitando.

* * *

Al hilo de lo concerniente a la Segunda Guerra Mundial, mi falta de "subjetividad" y de la correspondiente y "objetiva" perspectiva histórica quedan compensadas por las vivencias personales. Hace varios años tuve la suerte de convivir, en un campo de trabajo, con rusos, polacos, una chica húngara y otras personas de distintas nacionalidades. Vivíamos en una pequeña aldea campesina llamada Puszczykowko. Eran tiempos en los que uno podía tardar 3 días en encontrar una cabina telefónica. Eran tiempos en los que las bicicletas que nos servían como medio de locomoción hasta el tren más cercano no tenían frenos. Había que pedalear al revés para detener su movimiento. Recuerdo aquella mañana que fui con Michal a intentar arreglar un pinchazo. Esas ruedas llevaban años sin fabricarse así que nos dirigimos a una "Wulkanizacja" y mientras recauchutaban el neumático desayunamos algo de queso, tomate y dos cervezas Lech a nuestra salud, a la de quién si no. Apenas eran las 6 y media de la mañana.
Nuestro trabajo allí consistía en excavar en un campo de concentración cercano a Poznan, ayudar en las mejoras de un museo adyacente y mantener entrevistas con supervivientes de otros campos de extermino. Fuimos a la televisión local, nos recibieron en el ayuntamiento de Poznan y al final deberíamos elaborar un informe que supongo nada tendría que ver con tanto como se ha escrito sobre esos abominables acontecimientos. Aquello lo escribimos nosotros, chavales de menos de 20 años la mayoría, fácilmente impresionables, "en circunstancias extremas", donde se labran las verdaderas amistades, en contacto directo con personas que llevaban los números de los campos grabados en sus brazos.
Por aquel entonces yo hablaba y entendía casi perfectamente 4 idiomas, además del español, entre ellos el alemán, lo cual me facilitó mucho mi trato tanto con mis compañeros como con los supervivientes. De todas formas, esto de la comunicación quiero dejarlo para el siguiente post dedicado a este viaje a Polonia, creo que lo merece.

* * *

Eran tiempos, les decía, en los que mis amigos de Ekaterimburgo viajaban en los compartimentos del tren cerrados con llave, recelosos ante la posibilidad de robo o algo peor. Una noche de "empalmada" tomamos el tren en dirección a Kracovia y desde allí nos dirigiríamos a Auschwitz y Birkenau.

To be continued....

Este post está dedicado a la memoria de todas las personas que compartieron conmigo aquellos días.

Saturday, 3 November 2007

DEBASER (KOLYA I)


Aquí hubo algo más que mis viejos pantalones tendidos al sol y esos tres gatos pulgosos que no salen en la foto, que están a la derecha de esas sillas, un poco perezosos, como son los gatos, arañando la sombra fresca. Detrás, pero esta vez a la izquierda, imaginen, ya que no pueden verlas, las ruinas del Palacio de Diocleciano. Creo que fue Joseph Brodsky deambulando por su "Marca de Agua", por su Venecia particular, quien dijo que alguien con un mínimo de clase fue decadente durante su juventud. La decadencia y la crisis llevan inherente el esplendor. El ciudadano, el artista, se nutren del humus de la decadencia, luchan y, si consiguen vencer, alumbran de nuevo. Un proceso extrañamente reversible y cíclico. Dos mil años después de que emperadores restregaran sus sandalias desgastando el pavimento, los turistas enarbolan un cigarrillo de triunfo pírrico, un par de bocanadas y éste termina encima de cualquiera de los pocos mosaicos que se conservan. Aún así, esas escaleras, los postigos desvaídos e incluso las antenas mal orientadas, testigos de la debacle, auguran un futuro nada distópico.

Mañana madrugaré y saldré temprano, con algún pedazo de burek todavía entre los dientes. No me he presentado aún, me llamo Kolya creo, probablemente mi nombre fuera otro, pero así es como me han llamado los últimos veinticinco años en el mercado. A ese nombre respondo con ojos siempre asombrados, un poco inquisidores, cuando me piden dos o tres truchas, quizá también medio kilo de tomates. Me iba mejor cuando vendía cacharros, cubos, recipientes, vasijas; en definitiva, enseres de todo tipo que la gente de por aquí compraba sin saber muy bien para qué los utilizaría, eso era lo de menos. Pero como les decía antes, hubo tiempos mejores, y los habrá; sólo hay que esperar, ahora no es el momento.

Si les confesara que soy dálmata automáticamente pensarían en una raza de perro blanca y negra, que nada tiene que ver conmigo, salvo ese punto de elegancia que compartimos. Yo nací en Dalmacia, aunque no recuerde dónde, y jamás vi ninguno de estos perros correr junto a los carruajes de los viajeros. Si lo hicieron antes, en el siglo XIX, no estuve allí para verlo, o era demasiado joven, pues tampoco recuerdo mi edad; hace muchos años que mi aspecto es invariable, como lo es mi vida, día tras día. Los sucesos acaecen de tal manera que la línea temporal se borró. Intento ser consciente del paso del tiempo mirando si ha aparecido alguna nueva pintada sobre las piedras de la pared, observando atentamente el color de las ventanas por si es más tenue o encendiendo el viejo aparato de aire acondicionado, lo único que me dejó mi padre antes de morir, lo único que no quiso o no pudo llevarse con él y que, a pesar de todo, sigue funcionando. Lástima que no cupiera en el ataud, le hará más falta que a mí; dicen que en el infierno las temperaturas, sobre todo en verano, son elevadas.

Saturday, 20 October 2007

DHC

Aunque podrían parecerlo DHC no son las siglas del último polímero ni recubrimiento para piscinas, tampoco corresponden al nombre comercial de ningún anestésico disociativo utilizado por adolescentes descerebrados para colocarse. Es algo bastante más simple y menos rebuscado. Es el acrónimo, en inglés, de Digital Hardcore.
Con la inercia semanal, "come rain or come shine", me dejo caer de la cama un domingo antes de las 9 de la mañana y, ya en cualquier bar, engancho lo único que hay para leer, el suplemento de algún periódico, atrasado por cierto, mientras trago sorbitos de café negro. En la portada hay una foto de Kasparov, serio y concentrado. La partida esta vez es otra. Las negras juegan con ventaja y Kasparov se defiende con cinco peones, cinco guardaspaldas que le acompañan continuamente desde que lidera el partido de la oposición. En la entrevista dice que Rusia es un estado sin ley en el que ya no valen ni las reglas del ajedrez.
Hace aproximadamente un año del asesinato de la periodista rusa Anna Politkovskaya y todo sigue siendo un misterio, incluso la muerte del ex-espia ruso encargado de esclarecer el caso, Litvinenko, envenenado en Londres con polonio 212. La crisis social y política que se cierne sobre el país se masca, se huele gravemente.
Paso el resto de la mañana deambulando por el centro, encargo un par de libros, suelto los dos chascarrillos de siempre a los dependientes de la librería y me olvido de todo el asunto. El día transcurre como los otros domingos: apacible, familiar, sedante, productivo. Pensando que aún me quedan buenas horas de sueño trasteo un rato en internet y me topo con un vídeo musical rodado en Minsk, capital de Bielorrusia, patria de Ryszard Kapuscinski . El vídeo es de Ambassador 21 , un grupo de DHC . En algún lugar de mi cerebro se enciende una bombillita y empiezo a enmarañar el ovillo. Recuerdo las descripciones, magníficas, de los viajes que hizo Ryszard por muchas de las ex-repúblicas de la extinta Unión Soviética, plasmadas en su libro El imperio. En concreto visualizo el capítulo final donde narra sus últimos periplos minutos antes de la desmembración. Respiro nuevamente el aroma del café de hace unas horas mientras releo mentalmente la entrevista a Kasparov. El vídeo está a punto de terminar. Casualmente el tema se titula Legalize Death.
La música, como manifestación artística que es, puede ser un reflejo social o, por el contrario, un revulsivo. El Digital Hardcore nació en Alemania, a principios de los años 90 y, durante una época, su mayor exponente fue el grupo de Alec Empire, Atari Teenage Riot . Las letras están altamente politizadas y expresan valores principalmente anarquistas. Musicalmente es una amalgama de ética y actitud de corte punk junto a electrónica abrasiva. No es de extrañar que el género surgiera en esa localización espacio-temporal tan especial. Había caído el muro, el telón de acero se derrumbaba. 15 años después, un poco más al este, los bielorrusos se debaten o divierten en espasmos catódicos, bailando al ritmo del mismo son. Quizá intentan alienarse de la convulsión y maremagnum que conmocionan actualmente al pueblo eslavo.
Sigo moviendo mis fichas, siguiendo las instrucciones del maestro, jugando simultáneas, con varias pestañas del navegador abiertas al mismo tiempo. Hábilmente muevo uno de mis álfiles "et... voilà!" encuentro el siguiente sello discográfico, D-Trash Records, especializado en el género y afincado en Canadá, con descargas directas de Ambassador 21 y de Punish Yourself . Pobre de mí que pensaba qué sólo raperos franceses como los clásicos NTM, Assassin o los grupos marselleses se manifesaban contra la injusticia social. Estos chicos de Toulouse, de nombre sugerente, lo hacen a su manera, pintándose de verde-neón-fosforito y sacando una radial en medio de los conciertos. ¿Será que hay también descontento en el país vecino? ¿Se aproxima algún tipo de crisis? ¿ya la hay? ¿Es reflejo o revulsivo?.....


Sunday, 30 September 2007

CHILDREN OF THE HOLOCAUST


It was grey cold that morning in Wroclaw. A metal-winged lizard watched them closely. They three had no real names, just fictional creatures. The youngest poked his drum waiting for a drift of air to come. A painted bird flew over the girl's red braids. Roumanian, staring into the distance as the little dumb vanished beyond the railway, into the crops.

Inspired by:

"The Painted Bird" (Jerzy Kosinski)
"The Tim Drum" (Günter Grass)
"Niederungen" (Herta Müller).



Saturday, 8 September 2007

SVETLANA


Demasiado ágil. Escapaba otra vez ante la mirada atónita de los transeúntes. Al doblar la esquina paró exhausta, jadeando y examinó con impaciencia aquel bolso. Arrojó todo el contenido contra el pavimento caliente: una pequeña barra de labios, un pañuelo sucio, llaves....desesperada hundía ambas manos entre las telas. Allí estaba, aún palpitando, un billete de diez kunas.

La blusa estampada se le pegaba al cuerpo. Se estaba haciendo tarde; todavía tenía que subir al mercado y preparar algo de comer. Las sandalias le resultaban muy cómodas, ideales para la canícula. Un pie detrás de otro, frescos y con las uñas perfectamente arregladas; manicura francesa.

La profesora de filología alemana retirada había enviudado el año pasado. Llevaba el pelo recogido en un moño anacrónico. Dos pendientes pequeños colgaban de sus lóbulos. Parecía que toda la tensión del cabello se comunicaba a su rostro. Una mueca de desagrado se dibujaba desde la comisura de sus labios. No estaba contenta esa mañana.

Por su parte Zvoromir no tenía tiempo que perder. LLegaba tarde al trabajo. Repartía pizzas en una moto desvencijada y correosa. Desde la plaza de la fuente, donde paraban casi todos los tranvías, aún le quedaban quince minutos caminando. Cada día era igual que el anterior.

Respiró muy hondo un par de veces. Cerró los ojos. Esta vez estuvo muy cerca - pensó. Le gustaba esa sensación. Empezó haciéndolo por necesidad. Ahora le excitaba la idea de poder ser arrestada. Se levantaba por la mañana y notaba ese síndrome de abstinencia extraño, la falta de adrenalina, el peligro. El olor de su propio miedo mientras corría, las punzadas en los pulmones sin oxígeno.

Hola - dijo al entrar en la pizzería. Su compañero movió ligeramente la cabeza hacia la puerta que daba paso a la cocina; empujó una de las hojas y sintió una vaharada de vapor caliente en el rostro. Se puso el chaleco y cogió el casco debajo del brazo. Tenía el primer pedido sobre una de las mesas. En una nota se leía: Štefanovečka cesta, 7.

Quiero medio kilo de pepinillos - dijo. Había mucha gente en todos los puestos. Algunas moscas revoloteaban encima de la carne. Ideal para preparar Ćevapćići. Compraría también pan de pita y algo de mostaza. Su sobrino nieto lo agradecería.

Se cruzó con la profesora mientras subía los escalones de dos en dos sosteniendo la pizza con ambas manos. La puerta estaba entornada. Entró. Sobre el diván estaba Svetlana, miraba fijamente el billete de diez kunas....

Wednesday, 5 September 2007

VOLODYA

Volodya caminaba despacio, despreocupado. La calle estaba aún fresca. Recuerdo su pelo, algo crespo y de color zanahoria. Siempre nos reíamos a su costa en la escuela por ese motivo. Él, que siempre fue muy sabidillo para su edad, decía que la culpa la tenía un gen dominante. Mi tatarabuelo, repetía orgulloso, era un nómada de la etnia uzbeka y tenía mi mismo color de pelo. Lo decía sin rencor, sin enfadarse. Me gustaba ir a buscarle a su casa. Vivía en un caserón céntrico, con paredes llenas de salitre. Subía las escaleras con cuidado; estaba oscuro y la mayoría de las veces la luz no funcionaba porque robaban las bombillas. La puerta debió de ser verde. Ahora, reventada por la humedad, tenía bastante con sostenerse cuando la golpeaba con fuerza. Era el único modo de que me oyeran entre tanto alboroto. Recuerdo sin desagrado ese olor penetrante, de fruta podrida y húmeda que inundaba la estancia. La abuela de Volodya remendaba calcetines junto a la ventana. Una melena gris enrarecida tapaba sus orejas enormes. Nunca me atreví a decirle nada a mi amigo sobre ese asunto. Levantaba imperceptiblemente la vista, apenas un segundo, musitaba algo que yo no entendía y seguía cosiendo. No me gustaba estar de pie pero la anciana me inspiraba terror. Una tarde, sin embargo, decidí acercarme un taburete. No ocurrió nada. Pasé el tiempo observando los escasos libros, la mayoría escritos en ruso, ordenados en el único mueble que allí había. Alguien gritó en la calle.

Apretamos el paso en dirección al tranvía. Volodya no hablaba apenas, le gustaba escuchar, observar. El trayecto duraba una media hora. Teníamos que salir a las afueras donde crecían esas moles impersonales de hormigón. El conductor nos conocía, ya no pagábamos. Sabía que apenas teníamos dinero para comprar un balón entre todos. Yo por mi parte me entretenía preguntando todo lo que se me ocurría sobre los uzbekos, sobre el paisaje de esa república que se me hacía tan distante, tan exótica. La mayoría de las veces no obtenía respuesta. Las inventaba yo mismo, fabulaba, fantaseaba incluso los motivos por los cuales él y su familia habían emigrado.

Junto a un grupo de cuatro torres de apartamentos había una vieja fábrica de ladrillos abandonada y detrás un descampado. La fábrica pronto se convirtió en nuestro cuartel general. Allí, a escondidas, fue donde comencé a fumar mis primeros cigarrillos. Cigarrillos negros, muy fuertes, sin filtro, que me hacían toser y escupir flemas amarillentas. Si no llovía improvisábamos dos porterías, sacábamos nuestro balón y nos poníamos a jugar. Sentíamos el aire gélido en los dedos de las manos y nos turnábamos para ser portero. La mayoría de las veces conseguíamos hacer dos buenos equipos. No había mucho más. Pasábamos la tarde pateando, gritando, perjurando. Después del partido nos ibamos todos. No nos vimos nunca en ningún otro sitio, nada sabíamos los unos de los otros. Aquella fábrica y aquel descampado eran nuestro único nexo de unión. Ninguno supimos qué nos llevó allí, ni siquiera cómo nos pusimos de acuerdo para comprar el balón.

Acompañaba a Volodya y seguía mi camino a casa. Aquellas tardes ocuparon buena parte de mi infancia. Las recuerdo con un cariño incierto, empañadas por la melancolía quizá, o por el deseo de que hubieran sido de otra manera. Un día faltó Volodya. Subí y aporreé la puerta, como había hecho todo ese tiempo. Se había ido el olor a fruta podrida, no había alboroto. Golpeé de nuevo, aún con más fuerza y los goznes cedieron. No había nadie. Sobre la silla de la abuela un libro medio quemado y algunos mechones de pelo rojo esparcidos por el suelo. Corrí, salí, bajé, salté, no miré hacia atrás. No pregunté nada a nadie. Jamás lo volvería a ver. Olvidé incluso que existía un lugar llamado Uzbekistán.