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Wednesday, 21 May 2008

HIGHWAY JONES

Este fue mi primer camión.Mis flemas son como el líquido de frenos que rezuma. No parezco ser uno de esos tipos que se dicen encantadores; produciría una úlcera de estómago al más pintado. Una cosa es segura, abraso. Ahora conduzco un Mack. Dejé los Monegros por la Ruta 66 y de vez en cuando engancho la emisora local de Cajun y Zydeco. No soy un camionero al uso, no encajo en los estereotipos, ni siquiera me gusta irme de putas aunque eructe sonoramente y me rasque el culo con deleite. Elegí esta vida porque es fácil, es una huída continua a ninguna parte, siempre en el mismo sitio, sin parar de moverme. No tengo amigos aunque los añore.

Mentí, en realidad la vida me eligió a mí. Fui demasiado perro y cobarde para rebelarme cuando aún tuve oportunidad. Quise a alguien y no tuve los santos cojones de decírselo. La cambié por un trasto desvencijado de 400 CV pensando que ahí acabaría todo. Iluso! Acúfenos o psicofonías, quizá tan sólo el dulce ronroneo del motor que me recuerda su voz afónica tras demasiadas cervezas. Llevo 20 años cruzando el país, meando cáctus tras cada curva, deseando que gire lo suficiente como para catapultarme al pasado. Lamentablemente el tren sólo pasa una vez. Tenía el billete, llegué tarde. El revisor me saludó con la gorra. Me quedó el regusto de la locomotora diesel pegado a los belfos.

Nos pasamos la vida huyendo de nosotros mismos sin ser conscientes que escaparemos, todos, a su debido tiempo. Cenizas, un nicho o simplemente un jodido agujero. Eso es lo que hay al final de la ruta 66. He decidido bajarme del camión, no quiero llegar todavía a Los Ángeles. Regreso a Chicago. Al fin y al cabo 20 años no son muchos.

Friday, 28 March 2008

JIMI MEETS SPIDER


¿Sabes Spider?, eres un verdadero hijo de puta pero te aprecio. El único marchante de arte lo suficientemente capullo como para saber lo que compra. Un caso singular entre los de tu especie; simplemente un tipo listo con ideas estéticas propias, nada descabelladas por otra parte. Y no te amedrentarías, serías capaz de tumbar cualquier argumento que girara en torno al "maldito arte", siempre que consideraras oportuno hacerlo. Pero pasas, el concepto está lavado de tanto usarlo, desvaído como el color de los vaqueros que llevas y que no te quitas durante un mes.
Me resulta extraño tu afán de perder el tiempo hablando conmigo. La conversación termina por diluírse en un vórtice. Hablar en términos metafísicos, ontológicos si quieres, o peor aún, abstractos, sobre la moral, resulta ridículo. Sin embargo, te regodeas cuando platicas sobre cuatro trazos concretos, o dos bocanadas de fotografía social, pegados a un lienzo áspero que duele como la vida misma. Ese tono que adoptas, petulante y despreciativo, tan bien hilado, perfectamente coherente. Es, al fin y al cabo, un discurso vacuo, pero mola.
Vengo, aporreo tu puerta y me encuentro esto, una araña roja y comida china a medio acabar, ni siquiera sé si la empezaste tu o una de esas furcias a las que medio te ventilas, a las que dejas desempolvadas apartándolas a un lado en medio del fragor, si cualquier idea "brillante" cruza tu cabeza, cosa que ocurre a menudo.
Lo peor de todo fue como llegaste a este negocio. Búlgaro de nacimiento, espíritu científico, calculador, frío, y un buen día decides poner pies en polvorosa, escupir sobre una bola con carácteres cirílicos al pie del palacio de congresos de Sofía, cagarte en la madre del comunismo y hacer un gran calvo en dirección a la luna, subiéndote aprisa el calzón por miedo a tener sabañones en el culo. Te pasas media vida viajando, apostatas, acumulas libros, los lees y, a pesar de todo, te conservas incólume. Finalmente aterrizas en la costa este sin añorar tu voluntarioso destierro en el Imperio Jemer.

Thursday, 6 March 2008

JIMI

Plot Outline:

Jimi!!, Jimi!!. ¿Qué haces?, deja ese hacha, no merece la pena Jimi. Es demasiado tarde. Sé buen chico. Todo ha terminado. Necesitas descansar. El cobertizo está aún fresco, huele a heno. Jiiiiiiiiiiiiiiiimi!!!!.
No necesitamos más hachas; alguna debería incluso oxidarse, mellarse. Camina despacio. Sí, lo sé, te conozco hace mucho tiempo. Todo eso que me cuentas, sí, lo he oído antes. Y nadie lo había dicho. Siempre fuiste transparente. Y quemas. En tu caso la temperatura ha subido cada vez más. El declive de una estrella visto al revés, del plomo al helio, del helio al hidrógeno. Del azul al rojo, te has colapsado hacia dentro. ¿demasiados neutrinos quizá?. Lo intentaste, les queda eso, un intento fallido.
A mí me has dejado perplejo Jimi, me duele tu impronta bajo las uñas. He arañado y escarbado hasta la saciedad. ¿Para qué? Eso mismo me pregunto yo. Sólo un poco de hollín bajo las uñas.
Nunca supiste cerrar esa maldita bocaza a tiempo y así te fue. Jodido por tu destino. El de los "bocachancla". ¡Sucio bocazas!. No basta con tener razón. No hay discurso lógico que pueda con los campos baldíos y yermos. Te ahogaste en tu vómito de palabras. De nada te ha servido tu hacha. Jimi, eres un jodido perdedor. Tu problema: te creías demasiado listo y desgraciadamente lo eras, pero no lo suficiente!

(Jimi, siempre te recuerdo como un mal sueño que al despertar desaparece, se desvanece con el sol, y se disipa en la niebla).

Todos los personajes de esta historia son inventados, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Actualmente Jimi vive con su prima Margarita en Albany. Juntos ven pasar a diario el Lake Shore Limited.

Director: Chung Kan Wei.
Writer: Pedro Pablo Campoviejo.
Genre: Drama, Thriller.
Photography: Sacha Lubomir. B/N & Red.
Music: Agnostic Front, Derek Bailey, Shonen Knife, Dead Medow, Sham69. O.S.T available at Amazon.

Awards: ?????
User comments: ???

Friday, 15 February 2008

ZORBAS

Zorbas sólo pretendía desleírse en la masa de pita, sin dejar grumos. Con algunas dificultades compró un pastel tradicional de espinacas y queso y un frappé. La temperatura era agradable, lucía un sol expléndido. Aquella luminosidad era terrible para conseguir buenas fotos. Un pie detrás de otro y en unos pocos pasos estaba sentado al lado de una turba humana, viendo dar vueltas la aguja de su reloj, sin mirarlo, en aquella plaza, Omonia, mucho más popular que Kolonaky, donde los nuevos artistas griegos, la nueva aristocracia griega del S.XXI, los nuevos yuppies iban a ver y ser vistos.
Aquí, sin embargo, aún en esas fechas, Zorbas se mantenía al margen del turismo que torpemente revoloteaba en las inmediaciones del McDonalds de la plaza Syndagma. Qué compartía Zorbas con los griegos? Ahora más bien nada, en otra época un alfabeto, que usara hábilmente en la demostración de teoremas y años después se atreviera a balbucear antes de que la megafonía anunciara la siguiente estación de metro.
No le costó demasiado trabajo llevar a cabo sus propósitos. Consideró que Zorbas sería un nombre apropiado con el que ser bautizado en sus 4 días de ostracismo. En la antigüedad, para que alguien fuera condenado a este tipo de destierro, hacían falta muchos votos. A él le había bastado un billete de avión y un hotel, el Aristóteles, a escasos metros de allí.
Había pasado la mañana paseando por el puerto del Pireo, escuchando atentamente a los lugareños preguntarle cosas que ignoraba, básicamente porque no entendía su idioma. Se daba por satisfecho, era lo mejor que le podía pasar, ser tomado por uno más, "el griego Zorbas", que comía Gyrós, bebía frappé, brindaba con Ouzo y al que ofrecían dulces en las iglesias ortodoxas. Recordando estos detalles en su último día en Atenas, sonreiría una vez más al escuchar a las prostitutas ofrecerle sus servicios camino de su hotel. Un matrimonio de ancianos se sentó en los asientos contiguos al suyo, ya llegando a la última estación, Kifissia. Avenidas sombrías, barrios obreros, estudiantes yendo y viniendo, y un griego de adopción prematura y volátil.

Sunday, 9 December 2007

UNTITLED II

Últimas noticias (la música del telediario de fondo, qué romántica por cierto): Alerta Roja, la guerra de las chucherías ha comenzado. Es un decir, llevamos tres generaciones de retraso noticioso y por ende desinformativo. Take it easy, mates. Don't worry be happy !. Cuentan ustedes con un corresponsal de lujo, avezado, intrépido, temerario si gustan, yo mismo, el Loco Oficial, destinado en todos los frentes abiertos y cerrados, entreabiertos y entornados, que les mantendré informado del transcurso de las operaciones del eje aliado y del cigüeñal desaliñado. No se pierdan la primera entrega just below. I'll be back! - Terminator extra-official Madcow dixit -

A doscientas millas al este de allí, Mack rumiaba unos hierbajos. Tenía los pies descalzos, torcidos hacia arriba mostrando unas plantas negras como tizones. Él, sin embargo, era extremadamente blanco; tanto que en verano no se le podía mirar directamente sin gafas protectoras, tal era la reverberación que el sol producía sobre su piel. Paradójicamente no se quemaba, no se atisbaba el más mínimo cambio en su pigmentación durante la época estival.
Una corriente de agua mortecina ronroneaba una antigua tonadilla blues del Delta, por todos conocida y apenas por algunos bien desafinada. Sonaba algo así: "churuck, you're so cruel, hanging by....think i got time for you? you're just somebody in the snow vagrant in your cripple eye and you'll find me in the glass...". Mack daba pequeñas cabezadas acompasadamente, al son de las aguas. Le estaba venciendo un agradable sopor verde. Apoyó una mano en la piedra que le servía de asiento y se incorporó a regañadientes. No le estaba permitido comerse la munición, ni siquiera la que había caducado, pues ésta era reciclada cerca del Gólgota y convertida en metralla. Ciertamente era un calvario aspirar el aroma que emanaba de las chocolatinas suizas, que se prendía en las hebillas de sus sandalias y alrededor de los dos únicos botones de su camisa de lino. El aroma daba tres vueltas a la izquierda y una a la derecha, que al final representaban dos únicas vueltas a la derecha y se quedaba allí el resto de la tarde, penduleando cuatro compases en semicorcheas, también desafinadas.
Rebuznó al intentar contener un bostezo que igualaba el azul del cielo y en siete zancadas y tres quintos inspeccionó la zona a su cargo. Ningún Charlie hambriento. A veces, emponzoñaban chupa-chups y caramelos y los dejaban cerca de los árboles como cebo para el enemigo. Lo que más le gustaba sin duda era fabricar un canuto de repetición con 3 regalices, dos negros a los lados, y uno rojo central, un poco más largo. Los unía hábilmente con chicle de fresa ácida bien masticado. Como proyectil usaba una mezcla de cereales azucarados al 50%, trigo y arroz inflados, que previamente había impregnado con curare de las selvas del Orinoco. Era un poco sibarita en sus gustos, todo hay que decirlo. El curare escaseaba, los indios no mostraban demasiada empatía y lo vendían caro. Al fin y al cabo no era su maldita guerra; ellos vivían felices con sus taparrabos, pescando pirañas octópodas con malformaciones y persiguiendo felinos salvajes. Pero Mack no tenía otro entretenimiento particular además de brear las orejas enemigas a canutazos más o menos certeros.
Quizá, lo meritorio de los combatientes a ambos lados, soslayando sus ideologías y condiciones varias, era su lucha individual, cada uno por su pellejo e inclusive todos contra todos. No había un objetivo definido, bueno, uno sí, no acabar con las reservas de azúcar, no desperdiciar el cacao, o de otro modo se acabaría la munición y consecuentemente la guerra en sí. Y nadie quería tal cosa. El comer y el guerrear sólo es el empezar se decían unos a otros. Una vez que estás en el ajo macho, le había dicho en cierta ocasión su tatarabuelo paterno a Mack, no hay vuelta de hoja. Así, a tiros, catapultando manzanas recubiertas de melaza, y usando pica-picas lacrimógenos, llevaban tres generaciones combatiendo. Los había incluso que batallaban en red desde su casa, que vigilaban sus tropas, o que se despertaban sobresaltados en medio de la madrugada por las piruetas de su busca. Alguien les hacía saber que sus tropas gaseosa, o sus comandantes arcillosos, se encontraban bajo amenaza DEFCON 2.

Saturday, 8 December 2007

UNTITLED I

Corría por el parque calle abajo cuando tropezó. Un rayo de sol le zumbaba en los oídos. La hierba olía a queroseno fruncido. Sus rodillas estaban magulladas y marchitas de colgajos de carne. Se levantó. Volvió a tropezar. Dos nubes rosas de algodón dulce de feria se introdujeron en sus fosas nasales. Le hicieron estornudar. A lo lejos se oía aullar una sirena un tanto famélica, más bien parecía el ruido sordo del motor de un viejo avión. Dudaba si sería un Mustang, o tal vez un Spitfire. Era aliado, de eso sí estaba seguro.
¡Cuerpo a tierra!. Una lluvia continua de chocolatinas, metralla un tanto empalagosa, le abrió un agujero en sus cuartos traseros. Por si no tenía suficiente con su orificio natural. Qué desazón. Aquello ardía. Abrió un sobre rojo e introdujo una piruleta en el polvo analgésico. Chupó dos veces. El dolor parecía remitir. El sol se había puesto y con él, el rayo zumbón. Cabizbajo avanzó en dirección al granero. Tuvo que apartar a puntapiés una vaca que yacía patas arriba riéndose con los ojos fuera de las órbitas. Vaya - pensó - Hace un momento el lunático estaba sobre la hierba y aún me gotea este líquido viscoso. Puag!. Odio el sabor del queroseno. Agarró una de las tetas del bovino y hábilmente se sirvió un casco de leche. Para qué otra cosa mejor podía usarlo. La vaca había dejado de reírse. Ahora le miraba pidiéndole una explicación. No seas asquerosa, vale? - nunca había sermoneado antes a una vaca - Deja de mirarme, quieres?. Me pones nervioso. El animal relinchó, tenía unos belfos enormes, deformes y tres dientes, sólo tres, perfectamente colocados, dos incisivos y un canino, formando entre sí angulos de pi tercios radianes. Gundemaro Suinthila se palpó los bolsillos, extrajo unas hebras de Golden Virginia y con el ticket de metro se lió un pitillo. Apartándose un tanto, con ayuda de un teodolito fabricado en la galaxia NGC 4123, excudriñó a su alrededor, oteando el horizonte. Todo estaba en orden, nada por lo que preocuparse. Reinaba la anormalidad.
Recordó que tenía que llamar a su chica. En ese momento su móvil hizo una pirueta. Hacía años que las acrobacias, piruetas y otros trucos dignos de los mejores contorsionistas del circo Chipiwini habían sustituido el incómodo vibrador. No estoy de acuerdo - dijo -. Ah perdona, que aún no me has preguntado nada - fue todo lo que se atrevió a mascullar. Su pequeña Woyzeck importunándole con naderías. No se daba cuenta de que estaba trabajando. Estaba sirviendo a su país. Le había dicho que la llamaría, en cuanto tuviera un minuto. Todavía debía encontrar las tres centrales de distribución eléctrica y marcarlas con su rotulador verde fosforescente. Las bombas de grafito no podían fallar su objetivo. El teniente Poppycock, su superior, se lo había dejado bien claro. Estaba chinado. Un auténtico "Screwball caught with his pants down" , oriundo de la parte norte de Medopersia. Para colmo sus padres le bautizaron con lo primero que se les vino a la cabeza. Peor, con lo primero y último que escuchaban cada día, el título de una canción de Blurt. Metódicos, aquejaban un fuerte TOC (trastorno obsesivo compusivo), que, afortunadamente, heredó su hermano, el corneta del séptimo ejército de arcilla. Se me había olvidado comentarles que en los siglos que corrían, o volaban, las fuerzas del ejército se habían optimizado, reduciendo el número de tropas considerablemente. La capacidad de maniobra era enormemente mayor, su versatilidad, pasmosa. Existían dos divisiones, las tropas de arcilla, las que antiguamente eran el ejército de tierra y la marina, ahora fusionadas. Y las tropas gaseosa, el anteriormente llamado ejército del aire junto con algunos almirantes retirados.
¿por dónde íbamos? ah sí!, Gundermaro dio un respingo. En su ensimismamiento no había advertido que su cigarrillo se había consumido completamente y una pavesa estaba ensañándose con la uña de su pulgar, que si bien era dura de melones, no era, ni mucho menos, inífuga. Había adquirido un aspecto tornasolado.

To be continued.....

Monday, 26 November 2007

Tržnica (Mercado) - Kolya II

Kolya había aparcado su viejo coche azul sobre el pavimento, demasiado liso, tanto que casi le hizo resbalar. Mientras anudaba la lona gastada, sus sandalias habían hecho un falso movimiento. Estaba convencido de que habían sido sus malditas sandalias, no sus pies. La mañana en el mercado no le había reportado gran beneficio. Cierto es que comerciar con cebollas no supone un margen comercial óptimo - pensaba - pero ya nadie quiere comprar cubos de zinc. Otra vez era el último en recoger pero no le importaba. Nadie le esperaba en casa. Los gatos del solar ni siquiera eran suyos, ni siquiera se pertenecían a sí mismos, no eran más que criaturas caprichosas de la naturaleza, ¿quién tendría si no, imaginación suficiente para inventar un animal así?. Estos y no otros eran sus pensamientos. Él mismo bostezaba y se estiraba ahora como un gato. Estaba cansado. Se puso de cuclillas y sus meniscos rechinaron en un mohín arcaico. Contempló un instante el segundero de su reloj, giraba en el sentido correcto. Deseando no ser observado se rascó hábil y concienzudamente el trasero y avanzó unos pasos. Volvió a rascarse. El mercado olía mal. Aproximadamente a esa hora siempre entraba en una pequeña crisis. La falta de apetito que le acompañaba durante la mañana le jugaba una mala pasada, y era justo entonces. Medio mareado alternaba mordiscos de una cebolla y un mendrugo de pan.
Apenas he sacado en limpio sesenta kunas pero qué más da. Necesito algo de compañía. Hace mucho que no huelo el perfume de una mujer. Mañana quizá no desayune pero al menos hoy sé que dormiré abrazado, aunque sea un abrazo fingido. No podré comprar el cariño pero si puedo comprar la compañía y Masha ya me conoce. No será como la primera vez, ni como la segunda. Parece que nos conocemos desde siempre. Antes era un desahogo físico, ahora sigue siendo un desahogo, pero espiritual. No es que el placer se haya sublimado, más bien es que la soledad siempre estuvo allí, agazapada, y por fin le veo la cara. Ya no la temo porque la conozco. Iré a compartirla con ella. Qué se puede hacer en una ciudad portuaria donde las calles huelen descaradamente a pescado. Libertad es no tener que elegir así que soy libre, no elegí estar solo. No lo seré esta tarde hasta que el vaho de Masha consiga calentarme por unos instantes. Porque tengo elección y no sé alejarme. Me acerco al puerto y observo el mar. Eso me preocupa, sentir la libertad al masticar burek sabiendo que no hay nada más y, sin haber amanecido aún, arrancar este viejo diesel corroído por el salitre.
Una ráfaga de brisa estival refrescaba su cara tostada y enjuta. El paseo marítimo no lo conduciría a ningún sitio en particular. Se dejaba llevar por sus sandalias, imperceptiblemente, como la resaca del agua le hubiera llevado mar adentro, lejos de la costa del Adriático. El fluir de las corrientes cálidas, las imágenes poéticas que recrea el elemento líquido, sin ser consciente, le sosegaban. Todo lo que tiene de femenino y maternal el agua, esa palabra tan rica e insípida al mismo tiempo puede tenerlo de violento. Y, sin embargo, ahí estaban, el agua y sus sueños desvanecidos, las aguas y el olvido. Definitivamente se había olvidado de sí mismo. Si una orquesta tocara una sinfonía y nadie estuviera allí para oírla, ¿sonaría?. Kolya era una canción que nadie bailaba y no por ser triste, porque la tristeza conmueve y Kolya no movía el ánimo. Kolya era una canción que no sonaba nunca, o mejor dicho, que nunca fue cantada.


Saturday, 3 November 2007

DEBASER (KOLYA I)


Aquí hubo algo más que mis viejos pantalones tendidos al sol y esos tres gatos pulgosos que no salen en la foto, que están a la derecha de esas sillas, un poco perezosos, como son los gatos, arañando la sombra fresca. Detrás, pero esta vez a la izquierda, imaginen, ya que no pueden verlas, las ruinas del Palacio de Diocleciano. Creo que fue Joseph Brodsky deambulando por su "Marca de Agua", por su Venecia particular, quien dijo que alguien con un mínimo de clase fue decadente durante su juventud. La decadencia y la crisis llevan inherente el esplendor. El ciudadano, el artista, se nutren del humus de la decadencia, luchan y, si consiguen vencer, alumbran de nuevo. Un proceso extrañamente reversible y cíclico. Dos mil años después de que emperadores restregaran sus sandalias desgastando el pavimento, los turistas enarbolan un cigarrillo de triunfo pírrico, un par de bocanadas y éste termina encima de cualquiera de los pocos mosaicos que se conservan. Aún así, esas escaleras, los postigos desvaídos e incluso las antenas mal orientadas, testigos de la debacle, auguran un futuro nada distópico.

Mañana madrugaré y saldré temprano, con algún pedazo de burek todavía entre los dientes. No me he presentado aún, me llamo Kolya creo, probablemente mi nombre fuera otro, pero así es como me han llamado los últimos veinticinco años en el mercado. A ese nombre respondo con ojos siempre asombrados, un poco inquisidores, cuando me piden dos o tres truchas, quizá también medio kilo de tomates. Me iba mejor cuando vendía cacharros, cubos, recipientes, vasijas; en definitiva, enseres de todo tipo que la gente de por aquí compraba sin saber muy bien para qué los utilizaría, eso era lo de menos. Pero como les decía antes, hubo tiempos mejores, y los habrá; sólo hay que esperar, ahora no es el momento.

Si les confesara que soy dálmata automáticamente pensarían en una raza de perro blanca y negra, que nada tiene que ver conmigo, salvo ese punto de elegancia que compartimos. Yo nací en Dalmacia, aunque no recuerde dónde, y jamás vi ninguno de estos perros correr junto a los carruajes de los viajeros. Si lo hicieron antes, en el siglo XIX, no estuve allí para verlo, o era demasiado joven, pues tampoco recuerdo mi edad; hace muchos años que mi aspecto es invariable, como lo es mi vida, día tras día. Los sucesos acaecen de tal manera que la línea temporal se borró. Intento ser consciente del paso del tiempo mirando si ha aparecido alguna nueva pintada sobre las piedras de la pared, observando atentamente el color de las ventanas por si es más tenue o encendiendo el viejo aparato de aire acondicionado, lo único que me dejó mi padre antes de morir, lo único que no quiso o no pudo llevarse con él y que, a pesar de todo, sigue funcionando. Lástima que no cupiera en el ataud, le hará más falta que a mí; dicen que en el infierno las temperaturas, sobre todo en verano, son elevadas.

Saturday, 13 October 2007

ABSENCE

Henry contemplaba la hormiga que se paseaba dando vueltas sobre la naranja, sin posibilidad de un salto al más allá. Para el insecto escapar de la naranjo-superficie-bidimensional era tan improbable como para H. escapar del universo, finito pero ilimitado. Ambos necesitaban otra dimensión, sólo que las hormigas no saltan y Henry no tenía maldita gana de convertirse en espagueti intentando viajar a través de un agujero negro.
Los viajes en el tiempo - pensaba - carecen del glamour de antaño, cuando se obviaban esas lindas contradicciones lógicas, como viajar al pasado y matar a tus progenitores por error.
¿Sabes? - le dijo a la hormiga - creo que cogeré esa nueva línea de metro nipona. Siempre a la cabeza de la innovación tecnológica, ofrecen viajes fractales. Viajas a otra dimensión, pero nada que ver con las prosaicas dimensiones enteras; se puede elegir cualquier dimensión fraccionaria de las ofertadas en los catálogos del "Tokyo Subway Entertainment Corporation". A mí hoy, particularmente, me apetece sumergirme en el mundo de Julia. Qué alegres y atractivos colores. La continua iteración para evitar caer en la monotonía. ¿Vienes hormiga?.



Thursday, 13 September 2007

YELLOW TURMOIL







Toronto, 3:57 a.m. La última rata azul cae fulminada sobre los railes. Llueve mientras los relámpagos iluminan los suburbios industriales. Unas zapatillas de skate avanzan hacia la puerta metálica de un garaje que poco a poco se abre en un chirrido ahogado. Los vaqueros raídos siguen a las zapatillas. Dentro, las rayas blancas de la sudadera brillan bajo la luz de neón. El olor rancio del sudor se mezcla con el del oxiacetileno. Las botellas del soplete están casi vacías. Ha sido una buena noche: 147 roedores, 1470 dólares. Aparta una caja y se deja caer sobre el único sillón. Extiende los dedos, sólo cuatro, para volver a cerrarlos con fuerza. Echa la capucha hacia atrás y su cabeza se ladea hacia el grifo. Se sumerge en un chorro rosa de Red Bull helado. Sus ojos brillan como válvulas pentódicas vencidos por el sueño.

Se despierta aturdido. Las imágenes polvorientas se suceden. Oye el pitido amenazador del convoy. Se lleva las manos a los oídos. Hubo un momento en el que las luces le cegaron. Saltó cuando la rata aún humeaba, su última rata, antes de que el tren le cercenara el dedo. El ahullido humano y el estertor del pequeño mamífero al unísono, resonando todavía en su cabeza. 24 años y ya había provocado 3409 muertes. Había consumado demasiados pequeños homicidios. Una legión de roedores habían perecido flameados por una llama de acetileno inmisericorde.

Media hora después se dejaba mecer sentado en un vagón del metro. Sonreía feliz contemplando los grafitis. El trabajo bien hecho. El total exterminio de una plaga pestilente. Ya en la calle miró hacia arriba, recorriendo una a una las ventanas del rascacielos. Contó mentalmente. El ascensor subía. Planta 46. Cogió su dinero y desapareció. Sin demora, rumbo al downtown, a la tienda de empeños. El ticket estaba descolorido. Recogió sus platos y altavoces.

La luz amarilla se filtraba por la claraboya del garaje. Rebuscó entre los discos: Greed / Holy money de los Swans. Comenzó a leer: "I saw the best minds of my generation destroyed by madness, starving hysterical naked, dragging themselves through the negro streets at dawn looking for an angry fix"........

Saturday, 8 September 2007

SVETLANA


Demasiado ágil. Escapaba otra vez ante la mirada atónita de los transeúntes. Al doblar la esquina paró exhausta, jadeando y examinó con impaciencia aquel bolso. Arrojó todo el contenido contra el pavimento caliente: una pequeña barra de labios, un pañuelo sucio, llaves....desesperada hundía ambas manos entre las telas. Allí estaba, aún palpitando, un billete de diez kunas.

La blusa estampada se le pegaba al cuerpo. Se estaba haciendo tarde; todavía tenía que subir al mercado y preparar algo de comer. Las sandalias le resultaban muy cómodas, ideales para la canícula. Un pie detrás de otro, frescos y con las uñas perfectamente arregladas; manicura francesa.

La profesora de filología alemana retirada había enviudado el año pasado. Llevaba el pelo recogido en un moño anacrónico. Dos pendientes pequeños colgaban de sus lóbulos. Parecía que toda la tensión del cabello se comunicaba a su rostro. Una mueca de desagrado se dibujaba desde la comisura de sus labios. No estaba contenta esa mañana.

Por su parte Zvoromir no tenía tiempo que perder. LLegaba tarde al trabajo. Repartía pizzas en una moto desvencijada y correosa. Desde la plaza de la fuente, donde paraban casi todos los tranvías, aún le quedaban quince minutos caminando. Cada día era igual que el anterior.

Respiró muy hondo un par de veces. Cerró los ojos. Esta vez estuvo muy cerca - pensó. Le gustaba esa sensación. Empezó haciéndolo por necesidad. Ahora le excitaba la idea de poder ser arrestada. Se levantaba por la mañana y notaba ese síndrome de abstinencia extraño, la falta de adrenalina, el peligro. El olor de su propio miedo mientras corría, las punzadas en los pulmones sin oxígeno.

Hola - dijo al entrar en la pizzería. Su compañero movió ligeramente la cabeza hacia la puerta que daba paso a la cocina; empujó una de las hojas y sintió una vaharada de vapor caliente en el rostro. Se puso el chaleco y cogió el casco debajo del brazo. Tenía el primer pedido sobre una de las mesas. En una nota se leía: Štefanovečka cesta, 7.

Quiero medio kilo de pepinillos - dijo. Había mucha gente en todos los puestos. Algunas moscas revoloteaban encima de la carne. Ideal para preparar Ćevapćići. Compraría también pan de pita y algo de mostaza. Su sobrino nieto lo agradecería.

Se cruzó con la profesora mientras subía los escalones de dos en dos sosteniendo la pizza con ambas manos. La puerta estaba entornada. Entró. Sobre el diván estaba Svetlana, miraba fijamente el billete de diez kunas....

Wednesday, 5 September 2007

VOLODYA

Volodya caminaba despacio, despreocupado. La calle estaba aún fresca. Recuerdo su pelo, algo crespo y de color zanahoria. Siempre nos reíamos a su costa en la escuela por ese motivo. Él, que siempre fue muy sabidillo para su edad, decía que la culpa la tenía un gen dominante. Mi tatarabuelo, repetía orgulloso, era un nómada de la etnia uzbeka y tenía mi mismo color de pelo. Lo decía sin rencor, sin enfadarse. Me gustaba ir a buscarle a su casa. Vivía en un caserón céntrico, con paredes llenas de salitre. Subía las escaleras con cuidado; estaba oscuro y la mayoría de las veces la luz no funcionaba porque robaban las bombillas. La puerta debió de ser verde. Ahora, reventada por la humedad, tenía bastante con sostenerse cuando la golpeaba con fuerza. Era el único modo de que me oyeran entre tanto alboroto. Recuerdo sin desagrado ese olor penetrante, de fruta podrida y húmeda que inundaba la estancia. La abuela de Volodya remendaba calcetines junto a la ventana. Una melena gris enrarecida tapaba sus orejas enormes. Nunca me atreví a decirle nada a mi amigo sobre ese asunto. Levantaba imperceptiblemente la vista, apenas un segundo, musitaba algo que yo no entendía y seguía cosiendo. No me gustaba estar de pie pero la anciana me inspiraba terror. Una tarde, sin embargo, decidí acercarme un taburete. No ocurrió nada. Pasé el tiempo observando los escasos libros, la mayoría escritos en ruso, ordenados en el único mueble que allí había. Alguien gritó en la calle.

Apretamos el paso en dirección al tranvía. Volodya no hablaba apenas, le gustaba escuchar, observar. El trayecto duraba una media hora. Teníamos que salir a las afueras donde crecían esas moles impersonales de hormigón. El conductor nos conocía, ya no pagábamos. Sabía que apenas teníamos dinero para comprar un balón entre todos. Yo por mi parte me entretenía preguntando todo lo que se me ocurría sobre los uzbekos, sobre el paisaje de esa república que se me hacía tan distante, tan exótica. La mayoría de las veces no obtenía respuesta. Las inventaba yo mismo, fabulaba, fantaseaba incluso los motivos por los cuales él y su familia habían emigrado.

Junto a un grupo de cuatro torres de apartamentos había una vieja fábrica de ladrillos abandonada y detrás un descampado. La fábrica pronto se convirtió en nuestro cuartel general. Allí, a escondidas, fue donde comencé a fumar mis primeros cigarrillos. Cigarrillos negros, muy fuertes, sin filtro, que me hacían toser y escupir flemas amarillentas. Si no llovía improvisábamos dos porterías, sacábamos nuestro balón y nos poníamos a jugar. Sentíamos el aire gélido en los dedos de las manos y nos turnábamos para ser portero. La mayoría de las veces conseguíamos hacer dos buenos equipos. No había mucho más. Pasábamos la tarde pateando, gritando, perjurando. Después del partido nos ibamos todos. No nos vimos nunca en ningún otro sitio, nada sabíamos los unos de los otros. Aquella fábrica y aquel descampado eran nuestro único nexo de unión. Ninguno supimos qué nos llevó allí, ni siquiera cómo nos pusimos de acuerdo para comprar el balón.

Acompañaba a Volodya y seguía mi camino a casa. Aquellas tardes ocuparon buena parte de mi infancia. Las recuerdo con un cariño incierto, empañadas por la melancolía quizá, o por el deseo de que hubieran sido de otra manera. Un día faltó Volodya. Subí y aporreé la puerta, como había hecho todo ese tiempo. Se había ido el olor a fruta podrida, no había alboroto. Golpeé de nuevo, aún con más fuerza y los goznes cedieron. No había nadie. Sobre la silla de la abuela un libro medio quemado y algunos mechones de pelo rojo esparcidos por el suelo. Corrí, salí, bajé, salté, no miré hacia atrás. No pregunté nada a nadie. Jamás lo volvería a ver. Olvidé incluso que existía un lugar llamado Uzbekistán.