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Sunday, 9 December 2007

UNTITLED II

Últimas noticias (la música del telediario de fondo, qué romántica por cierto): Alerta Roja, la guerra de las chucherías ha comenzado. Es un decir, llevamos tres generaciones de retraso noticioso y por ende desinformativo. Take it easy, mates. Don't worry be happy !. Cuentan ustedes con un corresponsal de lujo, avezado, intrépido, temerario si gustan, yo mismo, el Loco Oficial, destinado en todos los frentes abiertos y cerrados, entreabiertos y entornados, que les mantendré informado del transcurso de las operaciones del eje aliado y del cigüeñal desaliñado. No se pierdan la primera entrega just below. I'll be back! - Terminator extra-official Madcow dixit -

A doscientas millas al este de allí, Mack rumiaba unos hierbajos. Tenía los pies descalzos, torcidos hacia arriba mostrando unas plantas negras como tizones. Él, sin embargo, era extremadamente blanco; tanto que en verano no se le podía mirar directamente sin gafas protectoras, tal era la reverberación que el sol producía sobre su piel. Paradójicamente no se quemaba, no se atisbaba el más mínimo cambio en su pigmentación durante la época estival.
Una corriente de agua mortecina ronroneaba una antigua tonadilla blues del Delta, por todos conocida y apenas por algunos bien desafinada. Sonaba algo así: "churuck, you're so cruel, hanging by....think i got time for you? you're just somebody in the snow vagrant in your cripple eye and you'll find me in the glass...". Mack daba pequeñas cabezadas acompasadamente, al son de las aguas. Le estaba venciendo un agradable sopor verde. Apoyó una mano en la piedra que le servía de asiento y se incorporó a regañadientes. No le estaba permitido comerse la munición, ni siquiera la que había caducado, pues ésta era reciclada cerca del Gólgota y convertida en metralla. Ciertamente era un calvario aspirar el aroma que emanaba de las chocolatinas suizas, que se prendía en las hebillas de sus sandalias y alrededor de los dos únicos botones de su camisa de lino. El aroma daba tres vueltas a la izquierda y una a la derecha, que al final representaban dos únicas vueltas a la derecha y se quedaba allí el resto de la tarde, penduleando cuatro compases en semicorcheas, también desafinadas.
Rebuznó al intentar contener un bostezo que igualaba el azul del cielo y en siete zancadas y tres quintos inspeccionó la zona a su cargo. Ningún Charlie hambriento. A veces, emponzoñaban chupa-chups y caramelos y los dejaban cerca de los árboles como cebo para el enemigo. Lo que más le gustaba sin duda era fabricar un canuto de repetición con 3 regalices, dos negros a los lados, y uno rojo central, un poco más largo. Los unía hábilmente con chicle de fresa ácida bien masticado. Como proyectil usaba una mezcla de cereales azucarados al 50%, trigo y arroz inflados, que previamente había impregnado con curare de las selvas del Orinoco. Era un poco sibarita en sus gustos, todo hay que decirlo. El curare escaseaba, los indios no mostraban demasiada empatía y lo vendían caro. Al fin y al cabo no era su maldita guerra; ellos vivían felices con sus taparrabos, pescando pirañas octópodas con malformaciones y persiguiendo felinos salvajes. Pero Mack no tenía otro entretenimiento particular además de brear las orejas enemigas a canutazos más o menos certeros.
Quizá, lo meritorio de los combatientes a ambos lados, soslayando sus ideologías y condiciones varias, era su lucha individual, cada uno por su pellejo e inclusive todos contra todos. No había un objetivo definido, bueno, uno sí, no acabar con las reservas de azúcar, no desperdiciar el cacao, o de otro modo se acabaría la munición y consecuentemente la guerra en sí. Y nadie quería tal cosa. El comer y el guerrear sólo es el empezar se decían unos a otros. Una vez que estás en el ajo macho, le había dicho en cierta ocasión su tatarabuelo paterno a Mack, no hay vuelta de hoja. Así, a tiros, catapultando manzanas recubiertas de melaza, y usando pica-picas lacrimógenos, llevaban tres generaciones combatiendo. Los había incluso que batallaban en red desde su casa, que vigilaban sus tropas, o que se despertaban sobresaltados en medio de la madrugada por las piruetas de su busca. Alguien les hacía saber que sus tropas gaseosa, o sus comandantes arcillosos, se encontraban bajo amenaza DEFCON 2.

Saturday, 8 December 2007

UNTITLED I

Corría por el parque calle abajo cuando tropezó. Un rayo de sol le zumbaba en los oídos. La hierba olía a queroseno fruncido. Sus rodillas estaban magulladas y marchitas de colgajos de carne. Se levantó. Volvió a tropezar. Dos nubes rosas de algodón dulce de feria se introdujeron en sus fosas nasales. Le hicieron estornudar. A lo lejos se oía aullar una sirena un tanto famélica, más bien parecía el ruido sordo del motor de un viejo avión. Dudaba si sería un Mustang, o tal vez un Spitfire. Era aliado, de eso sí estaba seguro.
¡Cuerpo a tierra!. Una lluvia continua de chocolatinas, metralla un tanto empalagosa, le abrió un agujero en sus cuartos traseros. Por si no tenía suficiente con su orificio natural. Qué desazón. Aquello ardía. Abrió un sobre rojo e introdujo una piruleta en el polvo analgésico. Chupó dos veces. El dolor parecía remitir. El sol se había puesto y con él, el rayo zumbón. Cabizbajo avanzó en dirección al granero. Tuvo que apartar a puntapiés una vaca que yacía patas arriba riéndose con los ojos fuera de las órbitas. Vaya - pensó - Hace un momento el lunático estaba sobre la hierba y aún me gotea este líquido viscoso. Puag!. Odio el sabor del queroseno. Agarró una de las tetas del bovino y hábilmente se sirvió un casco de leche. Para qué otra cosa mejor podía usarlo. La vaca había dejado de reírse. Ahora le miraba pidiéndole una explicación. No seas asquerosa, vale? - nunca había sermoneado antes a una vaca - Deja de mirarme, quieres?. Me pones nervioso. El animal relinchó, tenía unos belfos enormes, deformes y tres dientes, sólo tres, perfectamente colocados, dos incisivos y un canino, formando entre sí angulos de pi tercios radianes. Gundemaro Suinthila se palpó los bolsillos, extrajo unas hebras de Golden Virginia y con el ticket de metro se lió un pitillo. Apartándose un tanto, con ayuda de un teodolito fabricado en la galaxia NGC 4123, excudriñó a su alrededor, oteando el horizonte. Todo estaba en orden, nada por lo que preocuparse. Reinaba la anormalidad.
Recordó que tenía que llamar a su chica. En ese momento su móvil hizo una pirueta. Hacía años que las acrobacias, piruetas y otros trucos dignos de los mejores contorsionistas del circo Chipiwini habían sustituido el incómodo vibrador. No estoy de acuerdo - dijo -. Ah perdona, que aún no me has preguntado nada - fue todo lo que se atrevió a mascullar. Su pequeña Woyzeck importunándole con naderías. No se daba cuenta de que estaba trabajando. Estaba sirviendo a su país. Le había dicho que la llamaría, en cuanto tuviera un minuto. Todavía debía encontrar las tres centrales de distribución eléctrica y marcarlas con su rotulador verde fosforescente. Las bombas de grafito no podían fallar su objetivo. El teniente Poppycock, su superior, se lo había dejado bien claro. Estaba chinado. Un auténtico "Screwball caught with his pants down" , oriundo de la parte norte de Medopersia. Para colmo sus padres le bautizaron con lo primero que se les vino a la cabeza. Peor, con lo primero y último que escuchaban cada día, el título de una canción de Blurt. Metódicos, aquejaban un fuerte TOC (trastorno obsesivo compusivo), que, afortunadamente, heredó su hermano, el corneta del séptimo ejército de arcilla. Se me había olvidado comentarles que en los siglos que corrían, o volaban, las fuerzas del ejército se habían optimizado, reduciendo el número de tropas considerablemente. La capacidad de maniobra era enormemente mayor, su versatilidad, pasmosa. Existían dos divisiones, las tropas de arcilla, las que antiguamente eran el ejército de tierra y la marina, ahora fusionadas. Y las tropas gaseosa, el anteriormente llamado ejército del aire junto con algunos almirantes retirados.
¿por dónde íbamos? ah sí!, Gundermaro dio un respingo. En su ensimismamiento no había advertido que su cigarrillo se había consumido completamente y una pavesa estaba ensañándose con la uña de su pulgar, que si bien era dura de melones, no era, ni mucho menos, inífuga. Había adquirido un aspecto tornasolado.

To be continued.....