Apenas he sacado en limpio sesenta kunas pero qué más da. Necesito algo de compañía. Hace mucho que no huelo el perfume de una mujer. Mañana quizá no desayune pero al menos hoy sé que dormiré abrazado, aunque sea un abrazo fingido. No podré comprar el cariño pero si puedo comprar la compañía y Masha ya me conoce. No será como la primera vez, ni como la segunda. Parece que nos conocemos desde siempre. Antes era un desahogo físico, ahora sigue siendo un desahogo, pero espiritual. No es que el placer se haya sublimado, más bien es que la soledad siempre estuvo allí, agazapada, y por fin le veo la cara. Ya no la temo porque la conozco. Iré a compartirla con ella. Qué se puede hacer en una ciudad portuaria donde las calles huelen descaradamente a pescado. Libertad es no tener que elegir así que soy libre, no elegí estar solo. No lo seré esta tarde hasta que el vaho de Masha consiga calentarme por unos instantes. Porque tengo elección y no sé alejarme. Me acerco al puerto y observo el mar. Eso me preocupa, sentir la libertad al masticar burek sabiendo que no hay nada más y, sin haber amanecido aún, arrancar este viejo diesel corroído por el salitre.
Una ráfaga de brisa estival refrescaba su cara tostada y enjuta. El paseo marítimo no lo conduciría a ningún sitio en particular. Se dejaba llevar por sus sandalias, imperceptiblemente, como la resaca del agua le hubiera llevado mar adentro, lejos de la costa del Adriático. El fluir de las corrientes cálidas, las imágenes poéticas que recrea el elemento líquido, sin ser consciente, le sosegaban. Todo lo que tiene de femenino y maternal el agua, esa palabra tan rica e insípida al mismo tiempo puede tenerlo de violento. Y, sin embargo, ahí estaban, el agua y sus sueños desvanecidos, las aguas y el olvido. Definitivamente se había olvidado de sí mismo. Si una orquesta tocara una sinfonía y nadie estuviera allí para oírla, ¿sonaría?. Kolya era una canción que nadie bailaba y no por ser triste, porque la tristeza conmueve y Kolya no movía el ánimo. Kolya era una canción que no sonaba nunca, o mejor dicho, que nunca fue cantada.





