Aquí hubo algo más que mis viejos pantalones tendidos al sol y esos tres gatos pulgosos que no salen en la foto, que están a la derecha de esas sillas, un poco perezosos, como son los gatos, arañando la sombra fresca. Detrás, pero esta vez a la izquierda, imaginen, ya que no pueden verlas, las ruinas del Palacio de Diocleciano. Creo que fue Joseph Brodsky deambulando por su "Marca de Agua", por su Venecia particular, quien dijo que alguien con un mínimo de clase fue decadente durante su juventud. La decadencia y la crisis llevan inherente el esplendor. El ciudadano, el artista, se nutren del humus de la decadencia, luchan y, si consiguen vencer, alumbran de nuevo. Un proceso extrañamente reversible y cíclico. Dos mil años después de que emperadores restregaran sus sandalias desgastando el pavimento, los turistas enarbolan un cigarrillo de triunfo pírrico, un par de bocanadas y éste termina encima de cualquiera de los pocos mosaicos que se conservan. Aún así, esas escaleras, los postigos desvaídos e incluso las antenas mal orientadas, testigos de la debacle, auguran un futuro nada distópico.
Mañana madrugaré y saldré temprano, con algún pedazo de burek todavía entre los dientes. No me he presentado aún, me llamo Kolya creo, probablemente mi nombre fuera otro, pero así es como me han llamado los últimos veinticinco años en el mercado. A ese nombre respondo con ojos siempre asombrados, un poco inquisidores, cuando me piden dos o tres truchas, quizá también medio kilo de tomates. Me iba mejor cuando vendía cacharros, cubos, recipientes, vasijas; en definitiva, enseres de todo tipo que la gente de por aquí compraba sin saber muy bien para qué los utilizaría, eso era lo de menos. Pero como les decía antes, hubo tiempos mejores, y los habrá; sólo hay que esperar, ahora no es el momento.
Si les confesara que soy dálmata automáticamente pensarían en una raza de perro blanca y negra, que nada tiene que ver conmigo, salvo ese punto de elegancia que compartimos. Yo nací en Dalmacia, aunque no recuerde dónde, y jamás vi ninguno de estos perros correr junto a los carruajes de los viajeros. Si lo hicieron antes, en el siglo XIX, no estuve allí para verlo, o era demasiado joven, pues tampoco recuerdo mi edad; hace muchos años que mi aspecto es invariable, como lo es mi vida, día tras día. Los sucesos acaecen de tal manera que la línea temporal se borró. Intento ser consciente del paso del tiempo mirando si ha aparecido alguna nueva pintada sobre las piedras de la pared, observando atentamente el color de las ventanas por si es más tenue o encendiendo el viejo aparato de aire acondicionado, lo único que me dejó mi padre antes de morir, lo único que no quiso o no pudo llevarse con él y que, a pesar de todo, sigue funcionando. Lástima que no cupiera en el ataud, le hará más falta que a mí; dicen que en el infierno las temperaturas, sobre todo en verano, son elevadas.
Mañana madrugaré y saldré temprano, con algún pedazo de burek todavía entre los dientes. No me he presentado aún, me llamo Kolya creo, probablemente mi nombre fuera otro, pero así es como me han llamado los últimos veinticinco años en el mercado. A ese nombre respondo con ojos siempre asombrados, un poco inquisidores, cuando me piden dos o tres truchas, quizá también medio kilo de tomates. Me iba mejor cuando vendía cacharros, cubos, recipientes, vasijas; en definitiva, enseres de todo tipo que la gente de por aquí compraba sin saber muy bien para qué los utilizaría, eso era lo de menos. Pero como les decía antes, hubo tiempos mejores, y los habrá; sólo hay que esperar, ahora no es el momento.
Si les confesara que soy dálmata automáticamente pensarían en una raza de perro blanca y negra, que nada tiene que ver conmigo, salvo ese punto de elegancia que compartimos. Yo nací en Dalmacia, aunque no recuerde dónde, y jamás vi ninguno de estos perros correr junto a los carruajes de los viajeros. Si lo hicieron antes, en el siglo XIX, no estuve allí para verlo, o era demasiado joven, pues tampoco recuerdo mi edad; hace muchos años que mi aspecto es invariable, como lo es mi vida, día tras día. Los sucesos acaecen de tal manera que la línea temporal se borró. Intento ser consciente del paso del tiempo mirando si ha aparecido alguna nueva pintada sobre las piedras de la pared, observando atentamente el color de las ventanas por si es más tenue o encendiendo el viejo aparato de aire acondicionado, lo único que me dejó mi padre antes de morir, lo único que no quiso o no pudo llevarse con él y que, a pesar de todo, sigue funcionando. Lástima que no cupiera en el ataud, le hará más falta que a mí; dicen que en el infierno las temperaturas, sobre todo en verano, son elevadas.








